CRÓNICA DE UNA NOCHEBUENA



Cuentan que en Nochebuena nació un niño en un portal de Belén. El mío tuvo mejor suerte y nació en la cama de un cuarto prestado. Sin mula, ni buey, ni un padre a su lado. Asistidos, como se pudo, por dos compañeras de trabajo al calor de una estufa de gas.
Aquel jueves veinticuatro de diciembre, hacía frío, mucho frío. Yo apenas podía con la panza, y me dolían las piernas a rabiar, pero aún así trabajé el día entero en la cocina de la casa donde servía, igual que todos los días. A cambio techo y comida, un contrato de trabajo legal, que me permitía un permiso de residencia, y un pequeño sueldo que enviaba a mis padres a Perú.
No podía quejarme, la casa era un gran chalet en una urbanización exclusiva, de la que apenas salía dos veces por semana, para verme con otros compatriotas en una iglesia cercana.
Aquella Nochebuena, apresuradamente y antes de fecha, me puse de parto. Nunca oculté el embarazo, tampoco dije a nadie quién era el padre. Para despejar sospechas, tuve que jurarle a mis jefes que nadie de la casa era el responsable.
Entre resoplido y resoplido, entre empuja que ya llega, y algún que otro chillido, en la Nochebuena del año dos mil quince, a las once cincuenta y cinco, nació el amor más grande de mi vida.
En la redondez de su carita de querubín, traía escrito el certificado de paternidad. Era idéntico al padre Luis, el cura parroquial. Un hombre honorable y piadoso, que de vez en cuando pasaba por la cocina a tomarse algo más que la merienda.

Comentarios

Entradas populares de este blog

ALEGATO EXCULPATORIO

CUARTOS SEPARADOS

TRAVESÍA AZUL